miércoles, 21 de diciembre de 2011


TRANSILVANIA “Rapsodia Rumana”

Texto y fotografías Juanjo Pardo Mora
escribiendoconluz@yahoo.es

Lleva cuidado”, me aconsejan con inquietud. Se rumorea que a los pies del edificio acristalado al que me destinan crecen barracas, tiendas de campaña y un autobús pintado de blanco hasta las ventanillas, donde malviven familias de gitanos rumanos. El que esto narra nació en Murcia, en un barrio donde aún hoy conviven payos y calés. No entiendo el recelo. Me viene a la memoria aquel ensayo, “Encuentro con el otro”, del polaco Riszard Kapuściński, donde el periodista disertaba sobre la desconfianza y el miedo hacia el desconocido, y de la búsqueda del diálogo y el entendimiento con el otro. Paseo por el asentamiento al acabar la jornada. Del autocar destartalado, de cuyo lateral seca la colada, desciende Pérsida, de 18 años. Pronto dará a luz a su tercer hijo, asegura que va a ser niño. Del campamento me sale al encuentro un chiquillo. Me clava la mirada, silencioso y calmo. Le pregunto su nombre. Su rostro deviene risueño, y con un tono altivo responde: ¡Napoleón!.

Diario de Ruta.  Madrid-Bucarest.
Barajas. Vuelo U2 7838. 6h00 de la mañana.

Meses después, con la riñonera de la mochila bien ajustada, me embarco hacia Rumanía. Desconcertado, escribo mi primera impresión en el cuaderno de viaje: “Soy el único extranjero en la aeronave con destino a Bucarest”. Tres horas y media más tarde el aparato sobrevuela el valle entre la Cordillera de los Cárpatos y el Danubio, cuyas aguas se deslizan ya mansamente hacia su Delta en el Mar Negro. Rozando la medianoche tomará tierra en Bǎneasa el avión de Adolfo, amigo sevillano que me acompañará en esta andanza balcánica.

Pronuncio “Un bilet pentru Bucureşti, vǎ rog” a la taquillera y viajo en bus a la capital. Urbe que intenta reinventarse a sí misma… Viejos Dacia aún contaminan el aire. Infinidad de cables tejen una red sobre el asfalto, algunos rozando las aceras, como lianas en la selva; de otros penden semáforos, o se enrollan como serpientes en cada farola. La calle Stavropoleos, en Lipscani, está tomada por un ejército de obreros adoquinando, sus espaldas curvas, al ritmo de mazos golpeando la piedra labrada, bajo la mirada atenta del capataz acodado en una pala. Junto a la “Banca Nationala” una excavadora abre una zanja en el bulevar, mientras doce operarios contemplan la precisa ejecución. El dictador Ceauşescu derribó parte del casco histórico para erigir un colosal palacio, el “Palatul Parlamentului”, rodeado de jardines baldíos. Como contrapunto, los frescos de las iglesias ortodoxas y los edificios estilo parisino; la venta “Hanul lui Manuc”, antiguo caravasar que albergaba las caravanas que antaño atravesaban Europa; la Vieja Corte donde residió Vlad Drǎculea, Príncipe de Valaquia…


En un lateral de la iglesia Domneasca decenas de mujeres ofrendan velas a sus muertos bajo un calor sofocante. Y en honor a la vida, la ciudad celebra el Festival de música George Enescu, el célebre compositor rumano. En Piata Rosetti una florera vende girasoles propios de un cuadro de Van Gogh. Y en el romántico parque de Cişmigiu, las parejas se dan muestras de afecto en un banco, o dejando de remar en el lago.


Diario de Ruta.  Tren  Bucarest – Brasov (Kronstadt)
Gara de Nord. Salida: 10h50. Distancia 166 Km. Llegada prevista: 14h22.

El convoy de la “Caile Ferate Romane” recorre Muntenia, pausado, aproximándose a la Cordillera de los Cárpatos, la frontera con Transilvania. Atravesamos rutas comerciales del medievo, que unieron esta región con el norte de Europa y Asia. Llegando a Valea Larga un chico recorre el vagón vendiendo grosellas, y conocemos a la joven Madelina, que pretende devenir modelo en Bucarest. La locomotora aminora la marcha por la acusada pendiente. Atrás quedará pronto la alta montaña. Por la ventanilla contemplamos pequeños poblados con huertos biológicos y casas modestas. Algunos son de etnia gitana, “los Reyes de la Naturaleza”, como dicen los llamaba Cervantes. Detrás de un aldeano, sobre una colina cercana, se apresuran una vaca, gansos, un cerdo y unas cabras.

Pernoctamos en Brasov, lugar que fue llamado ”La Ciudad Stalin”. El Hotel Capitol es una torre de hormigón de la era comunista. 183 habitaciones idénticas en corredores infinitos. Gabriela, la recepcionista, nos recibe como una diva del celuloide, a la napolitana, con la camisa entreabierta y un aire a lo Sofía Loren en una película de Vitorio de Sica. Bun venit!.


Brasov es una de las siete ciudadelas sajonas de la región, amurallada, con torres, baluartes y puentes. Construída en el cruce de rutas comerciales que unían el Imperio Otomano y el oeste de Europa. Mientras el astro sol se oculta tras la Iglesia Negra, en el mesón “Cerbul Carpatin” Alina nos sirve un “carnati ardelenesti” y una “ciorba de vacuta taraneasca” acompañada de una Ursus Premium. Entretanto, un grupo folklórico danza a son de una flauta de Pan, que tanto ha popularizado el virtuoso rumano Gheorge Zamfir.
Al alba, un bus antediluviano nos conduce a Bran, donde los segadores de trigo afilan ya sus guadañas a los pies de los torreones picudos del conocido “Castillo de Drácula”, alzado sobre una colina rocosa, e inconquistable por sus gruesos muros. Caudalosos ríos, precipicios y frondosos bosques lo amparan. Vlad Drǎculea capturó Bran en una de sus batallas contra los comerciantes de Brasov, y atestiguo y perjuro, incitado quizás por el delirio o el  ensueño, que su presencia se hace sentir en cada recoveco.

Diario de Ruta.   Tren  Brasov – Sighisoara (Schäßburg)
Express. Salida: 9h52.  Distancia 128 Km.  Llegada prevista: 12h34.

Seguimos en ruta surcando la red de ferrocarriles rumana entre vastos campos de maíz… Llegando al corazón de Transilvania su latido se hace más intenso al cruzar el río Târnava. El Express se detiene a los pies de la ciudadela de Sighisoara, que domina el valle, inexpugnable, con sus nueve torres y dos bastiones, amurallada… romántica...


Ascendemos con las mochilas por sus calles adoquinadas en busca de la Casa Wagner, nuestra hospedería en la plaza Cetatii, donde antaño se juzgaba a las brujas. Caminamos bajo la Torre del Reloj, que protege la puerta este. Sobre una veleta, un cuervo observa a los viajeros. A sus pies, y defendida por un dragón de hierro forjado, la casa donde nació el temido Vlad Drǎculea, conocido como Vlad Tepes “El Empalador”. "Y mi reinado es perfecto, lucho por la fuerza y la paz de mi país, todos aquellos a los que yo protejo quedan agradecidos y me sirven... Derramo sangre por ellos, por eso nadie debe faltar a la ley ni a los principios del reino, pues acabaré con todo aquél que se atreva a desafiarme y a no luchar por lo que con tanto esfuerzo he conseguido".

Inflexible Vlad. Con estas palabras resonando aún en nuestra mente y para no perder el ánimo, comemos un buen sarmale acompañado de mǎmǎligǎ. Para el postre viajaremos a la colina de enfrente en busca de unos manzanos que ya están dando fruto junto a unas casas de campo. Le hincamos los dientes a unas pomas mientras oteamos Sighisoara allá abajo, con su cementerio en su cerro, rodeado éste de una vegetación frondosa y donde reposa la comunidad sajona: Michael Wenrich, Erna Fabini, Regina Abraham…

Nos topamos con una motocicleta arcaica con sidecar, pura arqueología de la historia de la automoción. Un señor desde una venta vocifera: “¡Vanzare, Vanzaaaare!” y desciende a nuestro encuentro. Lazǎr Ştefan, que así se llama, quiere vender  el vehículo y nos sugiere que busquemos comprador en “Spania”. En ello estamos. Nos ofrece su tarjeta, una estampa de Jesucristo y seguimos el rumbo. Las ramas de un manzano se agitan. Sentado en una de ellas un zagal mordisquea una manzana mientras nos observa taciturno, y enfrente, Ioan Mumtean y su mujer disfrutan de una tarde apacible en su floreado jardín. Es la hora del Ángelus, un aldeano asa berenjenas en un viejo patio de la ciudadela mientras una ligera niebla comienza a cubrir las calles. Las luces de la fortaleza iluminan en contrapicado, dejando en penumbra algunas travesías y pasadizos, y creando un efecto inquietante, invirtiendo las sombras, para regocijo, quién sabe, si de algunos espíritus de la noche.


Diario de Ruta.  Tren Sighisoara – Sibiu (Hermannstadt)
Express.  Salida: 11h33.  Distancia 95 Km.  Llegada prevista: 14h01.

El camino de hierro va cerrando el círculo transilvano, cuando de repente el maquinista hecha el freno en medio del valle para recoger a un padre que se apresura por los campos con su pequeña en brazos. Dejando atrás la estación de Seica Mare se sienta a mi lado Gheorghe, un mecánico de coches y pescador, con camisa y gorra militar, que repite una y otra vez, combinando mirada alegre y apenada, que en Rumanía no existe una democracia real.

Ya en Sibiu disfrutamos de un mercado de artesanía en las plazas Micǎ y Mare. Un vendedor duerme en el suelo con los pies sobre un escobón; una señora dispone delicadamente en su puesto unos huevos pintados de Bucovina, propios de la Pascua ortodoxa; y mi retina se extasia con la belleza de la cerámica tradicional de Cucuteni y Horezu… En una esquina del mercado se arremolinan los puestos de gitanos, que visten su ropa tradicional. Ellos con sombrero de fieltro negro de ala ancha, y con coloridos pañuelos estampados ellas. Venden productos en madera para la casa, antigüedades, y enormes alambiques de cobre para producir ţuică con hasta 60% de alcohol o el “letal” palincă hasta el 86%.



Para relajar nuestros sentidos decidimos viajar a los cercanos montes Cindrel. Una hora después nos apeamos en un pueblo llamado Gura Râuluy. Casas dispuestas a un lado y otro de la calle principal, todas ellas con portones para los carros de caballos que vuelven al pueblo cargados de patatas, aperos de labranza y troncos. Adolfo entabla conversación con una señora con bata azul y pañuelo negro, juega con un grupo de niños y usa el lenguaje gestual para conversar con un abuelo. 
Una niña y un niño, pies desnudos y sentados en un monopatín atraviesan la calzada a toda velocidad para terminar en un zaguán. Una pequeña camina hacia la fuente, de donde emana agua de los Cárpatos. Una vaca se acerca a una casa, adagio, golpeando la cancela para que su dueña la invite a entrar. Y quizás, para celebrar la unión de dos pueblos, Eugen, recepcionista del hostal “Lacul de Argint”, nos invita a comer junto a su familia una tocanǎ y mǎmǎligǎ. Nos ofrece antes una buena conversación acompañada de un ţuicǎ, a lo que respondemos con un “Mulţumesc. Sǎnǎtate”, “Gracias. Salud”, y bebiéndolo de un solo trago sentimos que se nos abrasa el alma. Recuperado de la experiencia, le hago un retrato, está descamisado, con su kipá de ganchillo a la cabeza y sus dos tatuajes. De sonrisa burlona y profundo en ideas, el filósofo de los cárpatos dejará huella en nosotros. Mulţumesc Eugen.


Diario de Ruta.  Tren  Sibiu - Bucarest y vuelo a Madrid
Express. Salida: 17h00.  Distancia: 315 kilómetros.  Llegada: 23h15.

Oscurece mientras termino de garabatear unas letras. Abro la ventanilla del compartimento para sentir el relente, esa humedad que se hace presente en las noches serenas, y observo la luna creciente iluminando, apenas, los verdes pastos del antiguo Principado de Valaquia.

“La revedere” , Rumanía.

De vuelta al edificio acristalado, miro hacia el camino de Fuencarral a Hortaleza. Ya no está el autobús blanco… ni la caravana… ni los niños jugando en las aceras. Los vehículos fueron reducidos a escombros por una pala excavadora.

Ya en casa, escucho la composición de George Enescu, “Rapsodia Rumana”, inspirada en el folklore del país balcánico, mientras recuerdo aquel niño que, saliéndome al encuentro, me clavó la mirada, silencioso y calmo .

¡Feliz Navidad!, “¡Crǎciun Fericit!”, pequeño “Bonaparte”.



2 comentarios:

  1. Muy interesante todo lo que cuentas, que sigas viajando y conociendo nuevos lugares.
    Éxito con el blog.

    Saludos!!

    Oliver

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  2. Hola Oliver, muchas gracias por tu comentario, así lo haré. Compartir estas experiencias es maravilloso. Ya estoy preparando un reportaje sobre Estambul, una ciudad de contrastes. Un saludo.

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