viernes, 23 de julio de 2010


RONDA…
“rotunda, profunda”
 
Texto y fotografías Juanjo Pardo Mora
escribiendoconluz@yahoo.es


 Cual viajero romántico del siglo XVIII, una manera algo “novelesca” de llegar al pintoresco pueblo malagueño de Ronda sería desde la Sierra de las Nieves al alba, surcando las aguas del río Guadalevín. Con la paciencia que dan los milenios, estas aguas han esculpido la forma de ser de todo un pueblo y partido en dos a toda una sierra. “El Tajo”, que así se llama al desfiladero creado por el río, sus más de cien metros de profundidad, y las leyendas que los rondeños cuentan sobre aquella garganta, son razones suficientes para que cualquier escritor se deje llevar por la corriente… creativa.

Desde el Puente Nuevo, el poeta gaditano José María Pemán diría: “El Tajo no tiene compromiso con los guías. Uno se asoma a él y puede encontrar en el fondo miedo, vaticinios, oraciones o versos”.
Al sur del viaducto se extiende la ciudad antigua, la medieval, la de los baños árabes, la de los palacetes nazaríes y modernistas, la del aire romántico y señorial, ese aire que la duquesa de Parcent diera a Ronda, al convertirla en lugar de reunión de la alta sociedad en los albores del siglo XX… Hacia el norte el barrio renacentista y barroco, llamado del mercadillo, con la Plaza de Toros de la Real Maestranza al frente, erigida no lejos del hermoso parque de la Alameda del Tajo y de unos profundos precipicios, que añaden aún más drama, si cabe, a “la Fiesta”.

Ronda “respira”, venera, a Pedro Romero, genio del mundo de la tauromaquia, del cual se dice estoqueó a más de 5000 toros sin ser herido en momento alguno. Su buen hacer dio forma y dignidad a la figura del torero, así como tiempo después ocurriera con la dinastía de los Ordoñez. Esta ciudad sigue siendo cuna de jóvenes lidiadores, y aunque no todos ellos alcanzan la gloria, sí la dignidad, el orgullo de haber vivido su pasión, atravesando, de este modo, la puerta grande.
Es ya media tarde, las aguas continuan erosionando su cauce y la gran aventura está aún por vivir.
Descendiendo la cuesta de Santo Domingo, junto al desfiladero, entramos en La Casa del Rey Moro. ¿Me sigues?.

Cruzamos los jardines, a rebosar de palmeras, adelfas y mirtos, y dejamos atrás el edificio que, como nuestra librillana Casa Mendez, huele a ruina y se desmorona por el más vil abandono. En una esquina vemos la entrada a una oscura escalera, un zig-zag de 236 peldaños excavados en las entrañas de la roca, y que el Rey musulmán Abomelic mandara construir. Descendemos. Nos vamos encontrando algunas salas que sirvieron a la época de polvorín, depósito de agua e incluso de mazmorras. Alrededor de 300 cautivos cristianos eran utilizados para subir el agua desde el lecho del río hasta la ciudad. Los Reyes Católicos conquistaron Ronda, penúltimo bastión musulmán y puerta de acceso a la Granada de Boabdil, liberando a los esclavos. (Si algún día visitas Toledo, acércate al Monasterio de San Juan de los Reyes. Colgadas en su fachada podrás contemplar las cadenas de estos prisioneros). No se puede describir el frío glacial y el dolor de huesos que se sufre al remontar la oscura escalera.

Empieza a caer el sol sobre la sierra de Grazalema, y no muy lejos de la Casa del Rey Moro, Cristóbal, del Armiñán 25, ofrece a sus comensales su exquisito pisto rondeño. Entretanto, junto al restaurante, en los sótanos del palacio de los Condes de la Conquista, se oyen las voces de los cantaores Rafa y Mónica Mairena “La perla de Ronda”, y el punteo de guitarra, con sobrada maestría, de Ramón de Córdoba. El elenco brinda su más puro arte flamenco, haciendo vibrar hasta la más alejada de las columnas de la bodega del viejo palacio, y se escucha el crujir del tablao por el taconeo vivo, incesante y rítmico de los grandes bailaores Rocío Vazquez y Joselito de Cai…


Ya de madrugada, callejeando y escuchando aún el eco flamenco entre los soportales, aquel viajero que iniciara su andadura rondeña surcando las aguas del Guadalevín, queda embrujado por la oscuridad y el profundo vacío que se extiende al otro lado de los balcones de la Alameda, inmejorable lugar para observar una lluvia de estrellas en una noche de verano, o simplemente a Venus, coqueta ella, pendida del cielo.

Ronda alta y honda, rotunda, profunda, redonda y alta...” escribía Juan Ramón Jiménez.

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