martes, 11 de octubre de 2011


FLORENCIA… 
“Quien sigue a una estrella nunca mira hacia atrás”

Texto y Fotografías de Juan José Pardo Mora 
Con los comentarios del florentino Giovanni Greco

escribiendoconluz@yahoo.es

Me cruzo con un monje franciscano en el patio del Convento de San Francesco en Fiésole, levantado éste sobre la antigua acrópolis etrusca, sobre una colina al norte del valle del río Arno. Hacia el este sobresale el Monte Ceceri, donde Leonardo da Vinci puso a prueba una de sus “naves del aire”, un gran pájaro fruto de la observación del vuelo de las aves y del conocimiento de la “ciencia de los vientos”. Según la leyenda el ingenio remontó el vuelo y planeó hasta Villa Camerata, a los pies del monte; y si soñamos, sólo si soñamos, el aparato hubiera podido seguir sobrevolando viñedos, campos de orquídeas y olivares; palacios, monasterios y villas señoriales, surcando el cielo de la ciudad que se extiende más abajo, la capital toscana… Florencia “La Fiorente”.


Tomamos tierra en Plaza San Marco para ir en busca del “Gigante”, no sin antes tomar un buen capuccino, con mucha espuma de leche, en el Gran Caffé San Marco. El bullicio de la plaza y el ir y venir de los universitarios deja paso a la quietud de la Via Ricasoli, donde nos adentramos rastreando las huellas del Renacimiento, de esa Florencia del Quatrocento y Cinquecento que resucitó la gloria de la antigua Grecia en la cultura y el arte. En este reportaje nos acompañarán, más adelante, los comentarios de un amigo florentino, Giovanni Greco, que lleva el nombre del santo patrón de esta urbe. La presencia del gigante se intuye más cercana. Alcanzamos el nº 60 y entramos en el vestíbulo de la Galleria dell´Accademia, dejando atrás la primera sala camino de la “Galería de los Prisioneros”. Allí nos enfrentamos cara a cara con “El Barbudo”, “El Joven”, “El Atlante” y “El despertar del Esclavo”, esculturas de Miguel Ángel cautivas de la masa marmórea que los circunda y aprisiona, y de la que ansían desprenderse desde hace cinco siglos. En cierta ocasión alguien preguntó al maestro sobre el método usado para crear obras tan bellas, y su respuesta fue: “Es muy simple, cuando miro un bloque de mármol veo la escultura dentro de él. Todo lo que tengo que hacer es retirar lo que sobra”. Los inquietos esclavos hacen de séquito a una figura legendaria, la escultura más admirada de todos los tiempos. Al final de la galería y bajo la cúpula de la Academia surge el gigante, el “David” de Miguel Ángel, con sus más de 4 metros de altura sobre un pedestal de dos. La figura desnuda, tallada en actitud de espera, como si para ella el tiempo se hubiera detenido eternamente, cobra vida por la tensión que alberga la penetrante mirada del joven pastor, que onda en mano y una fuerte fe en Dios golpeó en la frente a Goliath, líder de los filisteos, y decidió la batalla, consiguiendo la victoria para el Reino de Israel.

Dos años se dice que tardó Miguel Ángel en esculpir a golpe de mazo el enorme bloque de mármol llegado de Carrara, una obra que otros dos escultores habían comenzado y abandonado a su suerte en la Ópera del Duomo, a espaldas de la catedral de Santa María del Fiore. Una vez finalizada la obra se decidió que la estatua se expusiera en la puerta del Palacio Viejo. Rompieron entonces la pared de la puerta de la Ópera para hacerla salir y, protegida por un castillo de madera y “adagio”, a paso lento, cuarenta hombres la empujaron, llegando a su destino cuatro días más tarde a medianoche. Giovanni, la estatua del David de Michelangelo se dice que alude al sentido de independencia y libertad que animó a la República de Florencia a principios del XVI, ¿qué representa para los florentinos hoy en día?: “Estos valores desafortunadamente se han perdido. El David, como tristemente suele pasar, se ha convertido en producto de marketing. Sin embargo, pienso que Florencia no puede pasar sin él. ¿Cómo verías el “Palazzo Vecchio” sin el David en la entrada?, y ¿cómo sería el “Piazzale Michelangelo” sin él, sin la protección de esa estatua que presenta desde la colina la belleza de la ciudad, como el mejor anfitrión?. En ese caso sigue manteniendo su fiereza, como parte de un magnífico binomio con la ciudad… Algo que comunica seguridad, fuerza y perfección”. Completamente de acuerdo Giovanni.
Y si a estas alturas del reportaje, y cambiando de tercio, hacemos una parada técnica para reponer fuerzas y buscamos una trattoria para degustar alguna especialidad toscana, … ¿qué elegirías?: “La ribollita (sopa de verduras, judías y pan). Hecha como Dios manda es deliciosa, sobre todo en invierno, cuando hace frío y deseamos calentarnos con algo que no sea un radiador. Entre las verduras no me olvidaría de los “fagioli all’uccelletto”, o sea, alubias con salsa de tomate, salvia, perejíl y ajo… Luego, si el hambre exige más, rumbo a la “bistecca alla fiorentina”, el clásico “steak” espeso servido únicamente con sal y limón, o también a los “saltimbocca”, carne de ternera enrollada y rellena de jamón crudo, verduras y queso. Ese último plato lo aconsejo con patatas asadas”.

Calmado el apetito seguimos en ruta. Desde la Via Ricasoli tomo unas fotografías de una obra maestra del primer Renacimiento, la Cúpula de la Basílica de Santa María del Fiore, de Brunelleschi, que domina el perfil de Florencia desde los cuatro puntos cardinales. El maestro la erigió sin andamios interiores, ni muros de carga, ni soportes de madera, y la componen más de cuatro millones de ladrillos rojos. Inventó máquinas elevadoras y grúas para alzar enormes piedras a más de 60 metros de altura. Una vez completada la cúpula, la catedral se convertiría en la mayor de toda la cristiandad. Dieciseis años de dura labor. La obra de una mente brillante, todo un hito en la historia de la arquitectura.

Giovanni, ¿eres purasangre, como decís en Florencia “Nacido y crecido a la sombra de la Cúpula”?: “He nacido a 100 metros de la iglesia de la Santa Croce. ¡Creo que es muy difícil ser más florentino que yo!”. Seguimos la marcha. Frente a la catedral, revestido de mármol blanco de Carrara y verde oscuro de Prato, y emplazado sobre un antiguo templo romano dedicado a Marte, está el baptisterio. La puerta este, de Lorenzo Ghiberti, fue llamada “del paraíso” por Miguel Ángel, pues al contemplarla no dudó en pensar que el paraíso debía tener unas puertas tan bellas como aquellas. Tardó el maestro orfebre veintisiete años en crear los relieves en bronce que representan, en diez paneles, escenas del antiguo testamento. Hasta el siglo XIX todos los ciudadanos católicos de Florencia eran bautizados en este baptisterio, y el poeta Dante Alighieri fue uno de ellos. Vayamos a su casa, callejero en mano, pues se halla escondida en un entramado de callejuelas en el corazón medieval florentino. Via dello Studio, atravesamos la del Corso y nos adentramos en Via Santa Margherita.


Allí se alza una casa-torre, una reconstrucción realizada en el pasado siglo y que alberga la vida y obra del poeta. Su “Divina Comedia”, obra de la Alta Edad Media, con su Infierno, Purgatorio y Paraíso, cambió la forma de pensar en occidente en cuanto a los modos de ser de la humanidad. La casa, como su Comedia, tiene tres partes, tres pisos, tres reinos. Giovanni, si hubiera un lugar en Florencia donde hallar el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, ¿qué lugares serían y por qué?: “Dante llamó al Infierno “la città dolente” y “l’eterno dolore”. Digamos que un lugar que recuerde estas definiciones son las avenidas alrededor del centro (“viali di circonvallazione”), un océano de coches y de smog, gente sentada en latas metálicas que pitan y gritan y que no logran avanzar. Es la peor parte de la ciudad, desde siempre rehén del tráfico y del egoísmo de muchos ciudadanos. El Purgatorio, siempre según Dante, es el lugar donde se cumple un recorrido espiritual, la espiación de pecados para alcanzar el cielo (“puro y dispuesto a subir a las estrellas”), siempre para no perder de vista a nuestro sumo poeta. Hoy lo vemos en las colas interminables de turistas delante de los museos, que aceptan un montón de sacrificios para luego encantarse delante de un cuadro o de una escultura…Nadie les para. Paraguas o quitasoles les ayudan a aguantar, a sufrir. A diferencia de los presos en el tráfico, que no tienen ninguna esperanza de mejoras, estos turistas saben que sus esfuerzos serán recompensados, ¡pronto o tarde!. ¿El Paraíso?, lo alcanzamos en muchos lugares, muchas calles y barrios del centro… Lo vemos, ahora más que antes, paseando por la Piazza San Giovanni (Piazza del Duomo), por fin peatonal. Sin embargo, un verdadero rincón del Paraíso se ve en un jardín menos conocido, cerca del “Ponte Vecchio”, el “Giardino Bardini”. Creo que Dante estaría de acuerdo”.


El reloj señala las diez de la noche y nos toca vivir una pequeña andanza, averiguando la ubicación de un viejo pasaje secreto que nos llevará no muy lejos de aquel “Giardino” del que habla Giovanni. Caminamos dirección al Palacio Viejo y Plaza de la Señoría, centro de la vida política de la ciudad. A la fuente de Neptuno, en el centro de la explanada, las madres llevaban a sus hijas en edad de casarse para que aprendieran un poco de anatomía masculina. El arte a disposición del conocimiento. En la esquina de Palacio, no muy alejado del hermano de Plutón y Júpiter, un león llamado “el marzocco” protege con su zarpa el escudo de Florencia. En la puerta de la residencia palaciega, un “David” de Miguel Ángel hace guardia ante unos escasos turistas que se baten ya en retirada. El Palacio Viejo, donde tenemos cita, fue residencia de los Medici, descendientes de comerciantes y banqueros, que gobernaron esta ciudad durante cuatro siglos. Lorenzo de Medici “El Magnífico”, Príncipe de Florencia, diplomático y banquero, fundó la Biblioteca Medicea Laurenciana y fue mecenas de las artes y la arquitectura del Renacimiento. Nos comentan que en el subsuelo del Palacio los arqueólogos han encontrado subterráneos, galerías medievales y calzadas romanas. En el salón de mapas geográficos, justo detrás del mapa de Armenia una puerta secreta comunica con pasajes que comunican ambas alas de Palacio. Ascendemos a la torre para hacer unas tomas nocturnas de la ciudad, encuadrando la cúpula de Brunelleschi y el campanario de Giotto tras una ventana entreabierta. Si el astro Sol estuviera presente lograríamos divisar los Apeninos, pero rondando la medianoche no es buen momento.


En la Sala Verde hay una puerta, condenada a los visitantes, que da acceso al Pasillo Vasariano, nuestro objetivo. Cóximo 1º, abuelo de Lorenzo “El Magnífico”, hizo construir este pasaje para que su familia pudiera ir de Palacio Viejo hasta el nuevo Palacio Pitti. El corredor llega a la Galería de los Uffici, pinacoteca que alberga cuadros de Rafael, Miguel Ángel, Da Vinci, Boticelli…







Continua el pasillo atravesando el río Arno, sobre las incontables joyerías del Puente Viejo, donde está expuesta una de la más grandes colecciones de autorretratos de artistas. Al sur del río, cuyas aguas nacidas en los Apeninos discurren ya hacia Pisa, sigue el corredor hacia la iglesia de Santa Felicita, donde el pasaje atraviesa el templo a nivel del coro. Los señores podían presenciar desde allí los oficios religiosos sin ser nunca vistos. La peregrinación por el pasaje secreto termina en Palacio Pitti y sus jardines de Boboli, segunda residencia de los Medici.

Las manecillas del reloj marcan una hora intempestiva. Contracorriente y “adagio”, con la lentitud de los viajeros cansados pero con la curiosidad aún viva, remontamos el río hasta la Plaza Michelangelo, sobre una suave colina a pies del Arno, desde donde sentimos las murallas proteger el corazón de la ciudad eterna y Fiésole allá en las alturas, donde aquél monje franciscano andará soñando con la divinidad. Nos sentamos bajo la estatua del “David”, que preside el lugar como defendiendo Florencia en la apacible madrugada. Hace ya un tiempo, allá abajo, Leonardo daba, quizás, las primeras pinceladas a su “Mona Lisa”, Machiavello concebía sus teorías políticas, Galileo guiaba su telescopio para observar Saturno y descubría las fases de Venus… Dirigiendo nuestra vista hacia el este, Júpiter brilla sobre el horizonte más intenso que jamás. Dicen que hoy la Tierra está pasando entre este planeta y el Sol.

Giovanni, decía Da Vinci que, “quien sigue a una estrella nunca mira hacia atrás”: 
“Sí, la Historia de Florencia está llena de hombres que han seguido estrellas para entregárselas a las generaciones futuras. Estatistas, artistas en el sentido más amplio de la palabra, artesanos. Es noble levantar la cabeza para buscar una estrella rara, nuevos mundos, y no por utopía o por fe, sino para cambiar la realidad y las consciencias, para que en el futuro, más y más personas, puedan tocar estas preciosidades, disfrutarlas y ser dignas de ellas”.






5 comentarios:

  1. precioso...me ha encantado! ahora solo falta que mi padre nos lleve este verano...je je je por cierto, la última foto es espectacular! un beso tito!

    ResponderEliminar
  2. que maravilla, yo estuve allí y es espectacular!!! me han venido muy buenos recuerdos, y me han entrado unas ganas enormes de volver. enhorabuena por la calidad de las fotografias y la redacción del texto, simplemente genial! besitos de http://ohlalayetc.blogspot.com/

    ResponderEliminar
  3. Hola, he visto tu blog; es genial, que photos y que comentarios enriquecedores, "chapeau".
    Un abrazo
    Antonio

    ResponderEliminar
  4. ¡Ay, amigo! Con lo tranquilo y resignado que estaba yo, me has despertado las ganas de viajar de nuevo, a pesar de que ni mi mujer ni mi médico están de acuerdo. Que sabrán ellos de lo que a mí me hace falta... El primer viaje a Florencia fue en el año 90 del siglo pasado (¡Dios mío!, ¿aún tendrán razón esos dos?), y naturalmente acampamos en el comunale de Viale Michelangelo. Nos recorrimos (andando) casi toda la ciudad, y, aparte de todos los sitios que nombras, hay que tener en cuenta, además, los rincones con bares pequeñitos, con las mesas en la calle, a veces con olores a meado de gato en el ambiente, la gente hablando muy alto (más que aquí, y dicen de España). Bueno, vale de añoranzas. En la parte de la Piazza Michelangelo hay que tirar un poquito para arriba y ver la iglesia de San Miniato al Monte. Merece la pena, y además, ganas unos metros de altura para que la panorámica de Florencia tome desde Santa María Novella hasta la Santa Croce aunque la cámara no sea muy buena. ¡Ah! y si el viaje lo has hecho en coche, como nosotros, a la vuelta por la costa para en Santo Stefano al Mare, y en el garito del mismo nombre pedid una Zuppa di Mare (mejillones, almejas y calamares hervidos en una sopa de tomate). Impresionante. Esto es del último viaje que me dejaron hacer, en 2007. ¡Cinco años ya!, En fín, paciencia. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, soy Juanjo. Me llena de satisfacción ese "despertar las ganas de viajar de nuevo", y espero, de corazón, que vuelvas a descubrir nuevos lugares, y que vuelvas a pedir esa Zuppa di Mare y la saborees poquito a poquito. Gracias por tus comentarios, tomo buena nota de tus consejos. El próximo reportaje será sobre Estambul, puente entre Europa y Asia, un lugar mágico. Un abrazo.

      Eliminar

Tu comentario: