miércoles, 23 de marzo de 2011

 

VALENCIA… “El cor encés en flama

Texto y Fotografías de Juan José Pardo Mora
escribiendoconluz@yahoo.es

Los 207 peldaños de la angosta escalera de caracol nos conducen al campanario de la catedral. Alcanzada la terraza me apoyo en la espadaña, confiando en que “el Micalet”, campana de las horas con un peso de más de siete toneladas, no sea volteada en ese instante por decisión última del Gremi de Campaners Valencians. Ni esa, ni la “dels Quarts“, ni las otras once que residen en la sala de campanas góticas: la Caterina, el Vicent, el Jaume, la María… o el Manuel, cuyo toque antaño mandaba cerrar las murallas de la urbe. En el pasado, en esta torre del Miguelete se encendían fogatas o fallas, que eran faro de marineros en la noche y alerta de posibles asedios de corsarios y piratas berberiscos que surcaban la costa del antiguo Reino de Valencia. Si los vecinos veían caer la hoguera desde la torre era señal de que se había producido el temido desembarco. Pensando en esas historias y apoyados en la barandilla de piedra observamos el complejo entramado de calles del barrio viejo de la capital del Turia, la ciudad de las mil torres, presta a dar la bienvenida al equinoccio de primavera, momento del año donde la duración del día se equipara al de la noche, instante en que los dos polos de la Tierra se encuentran a igual distancia del Sol. Barrio del Carme, las Torres de Serranos y la de Quart; el barrio de La Seu, El Mercat, El Pilar, Sant Francesc y la Xerea…  Hace unas horas, rayando el alba, temblaron sus calles. “La despertà” puso en pie a todo el vecindario y en el aire quedó ese olor acre de la pólvora. El estampido de miles de petardos, los “trons de bac”, lanzados enérgicamente contra el suelo, anunciaron un nuevo día de fiesta, el de San José, el patrón de los carpinteros.
Para entender porqué Valencia entera sentirá en unas horas el intenso calor de las llamas recurrimos a la sabiduría popular. Al parecer, para iluminar las largas noches de invierno, los carpinteros utilizaban “parots”, un chirimbolo de madera, alto y con forma de candelabro, por decirlo de alguna manera, del cual pendían los candiles. Con la llegada de la primavera, el día alargaba y el “parot” ya no era útil. La víspera de su patrón, el carpintero hacía limpieza y lo quemaba junto a los retales de madera inservibles. Alguno tuvo la ingeniosa idea de vestirlo con prendas viejas y se habla de que algún “poeta de barrio” le colgaría un cartel alusivo a algún chisme del vecindario.

Apostados aún en la torre del Miguelete sentimos que la ciudad está presta a transformarse, a purificarse. A destruirse y renacer. Pura alquimia. El reclamo del fuego empieza a cumplir su misión socializadora uniendo a viajeros y nativos, como ocurría al amor de la hoguera a nuestros ancestros de la prehistoria. Descendamos pues los 207 peldaños de la angosta escalera de caracol que nos condujeron al campanario, cada uno a su ritmo, eso sí, que alguna vez se me quejó una lectora de haber llegado literalmente extenuada al final de un  escrito.
Más de 700 fallas nos esperan ahí abajo. Sientes, después de observarlos un buen momento, que estos monumentos falleros abanderan la libertad de expresión de todo un pueblo, expresando a través de sus figuras, los “ninots”, la crítica de los acontecimientos en candelero, y en su conjunto no dejan de ser un discurso mordaz lleno de ingenio, arte, humor y color. Los artistas y escultores han buscado en la madera, el cartón, el corcho o el poliuretano expandido sus materias primas y han estado informados de los sucesos más importantes acontecidos hasta días antes a la “plantà”, para crear una nueva escena de última hora, como si de un periódico se tratara, si hubiera sido de interés. Los carpinteros construyeron la base o caballete que ahora sustenta la estructura interna, invisible a los ojos hasta “la cremà”, y que la hace estable, una obra de ingeniería que soporta los desequilibrios del monumento y las fuerzas del viento. Los pintores añadieron la magia del color, pensando en el entorno donde ahora se ha emplazado el monumento. Los poetas se inspiraron y compusieron sus versos, que ahora acompañan a los “ninots”.

Todo esto hay que sentirlo de cerca. Pasamos el control de seguridad y accedemos a la falla monumental del Almirant Cadarso-Comte D´altea, (tercer premio de la sección especial en 2010), y que lleva el lema de ¿Crisis, qué crisis?, del artista Manuel Algarra y diseño de José Luis Santes. La falla habla de la opulencia que alcanzan algunos individuos gracias a las penurias de los demás. En el remate, la parte más alta de la falla, y el cuerpo central, las colosales figuras de un poderoso y unas bailarinas de charlestón hacen referencia al Chicago de los años 20, a la Gran Depresión, comparación irónica con la actual crisis económica. En la base, todo un despliegue de famosos. En un cartel se lee “La economía mundial, como el Titanic, se hunde, y los mandamases sinvergüenzas montan sus festivales”. En la proa de un barco de papel construído con euros, llamado “Titani€”, Carla Bruni sostiene a un pequeño Sarkozy con los brazos extendidos a lo Leonardo DiCaprio y Kate Winslet. En la popa, un Berlusconi micrófono en mano monta su propio espectáculo mientras a estribor Angela Merkel ameniza la escena tocando alegremente el violín. Camps reposa en la playa bajo una sombrilla mientras escucha un vinilo a los pies de un scalextric, “Super-Camps vive su mundo de ilusiones, de veleros, de fórmula 1, de trajes nuevos, convencido de que la crisis no existe”. Unos “chorizos de España”, así leemos en su etiqueta, campan sobre el césped. Un Papá Noel ZP sobre una carreta valenciana llena de presentes azota a sus alegres renos, “Zapatero al pueblo engatusa, va creando grandes ilusiones con promesas de pensiones y otros regalos de los que abusa”. Un cartel señala dirección oeste la autopista “La Costa Nostra” y otro más abajo hacia “El Golfo de Valencia”. La alcaldesa, Rita Barberà, baila sobre una moneda gigante junto al concejal de festejos Félix Crespo al ritmo de la canción “Money, Money” de la película “Cabaret”, “así baila la alcaldesa al pensar en la despensa que ha prometido a las fallas”.

Quedan pocas horas para la medianoche y siguen sonando la dulzaina y el tamboril. La fallera infantil Ana Ripollés pasea junto a sus padres y abuelos por la Gran Vía del Marqués del Turia, donde reina la algarabía. Christian, un demonio de la cabalgata del fuego, sobresalta a las Falleras Mayores de Valencia 2010, Mª Pilar y Ariadna. Estefanía fríe sus buñuelos de calabaza junto al Mercado Central. Concierto de pólvora en cada recoveco. El visitante irlandés Anthony Maguire y el madrileño Roberto Tarín descubren al mago de la falla de Serranos. En la Plaza Redonda, y entre mercerías, un chico explota un petardo, bajo la atenta mirada de unos pequeños tras la fuente. La Virgen de los Desamparados viste a estas horas un manto de claveles blancos, rojos y rosas en la plaza que lleva su nombre. Mientras tanto, entre los puentes de Calatrava y el de Las Flores se preparan ya las verbenas, y un túnel de bombillas de más de cien metros ilumina el barrio de Ruzafa. Las falleras, cabello raya al medio y replegado en los moños, pasean con gracia con su peineta, la manteleta y la falda de damasco, brocatel o espolín, confeccionada aún en telares valencianos del siglo XVIII… Y para poner la guinda a este cajón de sastre, en la plaza D.Juan de Villarrasa arranca el pasodoble “El Fallero” con la voz de Francisco… “Chiqueta meua / que del carrer eres l'ama / per culpa teua / tinc el cor encés en flama / No te separes  / del caliu del meu voler, / reineta, fallera / Que si me deixes / un ninot tindré que ser”…

















No resta mucho tiempo para el Acto final, y en los casales empiezan a reunirse los falleros a la espera de los pirotécnicos. Así que cojamos la avenida Barón de Carcer “Rumbo al paraíso”, que así se llama la falla del Convento de Jerusalén-Matemático Marzal, que se alzó con el primer premio. El guión de la falla habla de que “algo no es igual en nuestros tiempos, valores como el esfuerzo, la constancia, la educación y los escrúpulos, han sido condenados al ostracismo, por la falta de estos, la prepotencia y la vanidad”. En la calle Matemático-Marzal unas señoras, apostadas en su balcón, vigilan atentamente al pirotécnico que, subido a una grúa, coloca ya las tracas que iniciarán “la cremà” del monumento. No hay vuelta atrás, es un momento de aceptación, la obra de arte será devorada por el fuego. Un popurrí ensordecedor de truenos cubre de una cegadora luz blanca la falla. Chispas, llamas y humo. La calle es una algarada, un tropel de gente, un griterío. Se escucha el silbido de los fuegos artificiales y los cohetes estallan en el cielo como queriendo romper la oscuridad de la noche y que se imponga el día. Al cesar los juegos pirotécnicos se instala un silencio entre el gentío, el intenso calor de las lenguas de fuego nos hace sentir que, de alguna manera, todos somos “ninots” y algo arde en nuestro interior. Noche de San José, noche de exaltación fallera, de rito pagano, de renacimiento... La madera de la estructura crepita, la fallera llora y la Valencia mediterránea enrojece como un bello amanecer.

En la plaza del Ayuntamiento ya no está el zagal de cartón que comía buñuelos a hurtadillas. Ni el mago pelirrojo en Serranos, que hacía aparecer una chica playboy de su sombrero. Atravesamos la calle Sorolla bajo una lluvia fina de cenizas que va cubriendo nuestras cabezas. Y cruzando el cauce del Turia por el Puente del Real, abandonamos la ciudad con las palabras de Josep Vicent Marquès acerca de esta catarsis colectiva: "Las Fallas son el derroche del arte, el despilfarro de la belleza, el placer de divertir y prenderle fuego al pasatiempo entre música y tracas. Al alba, sólo quedan las cenizas de los bufones, el eco de un pasodoble y el perfume de la pólvora".





2 comentarios:

  1. Esta vez ciertamente ha sido mucho mas reposado.
    A pesar de los 207 escalones...

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  2. El fuego me ha quemado las pestañas y me ha embriagado el perfume de la pólvora. Las fotos te han quedado de postal. Saludos, Nolberto

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