sábado, 24 de julio de 2010



Campo de Criptana… 

    “TIERRA DE GIGANTES


                                                                                       Texto y Fotos Juanjo Pardo
                                                                                       escribiendoconluz@yahoo.es

Sopla el cierzo. Comienzo la lectura del capítulo VIII del libro que me acompañará en este nuevo periplo. El Toboso queda atrás, y viajando hacia mediodía, escoltado por campos de viñedos y olivares, emerge de la llanura manchega un singular otero… el Cerro de los Molinos del Campo de Criptana.
“…la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla,…”
“¿Qué gigantes? Dijo Sancho Panza. -Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas”.
Ascendemos al cerro al encuentro de Inca Garcilaso, Cariari y Quimera; Pilón, Burleta y Lagarto; Poyatos, Culebro, Infante y Sardinero. No, no hago referencia a ningún equipo de fútbol manchego, es la “alineación” de los 10 molinos harineros, que se alzan majestuosos en aquella loma, en una perenne búsqueda de vientos favorables.
Algunos han sido restaurados gracias a países como Perú, Costa Rica, Chile, Argentina y Honduras; y albergan museos sobre temas tan dispares como la labranza, la pintura, la poesía y el vino.
Me acerco a Culebro, cercano a una ladera, la puerta está entreabierta y no hay presencia de alma alguna en su interior, un piano blanco en la entrada, fotografías de Sara Montiel y carteles de sus películas (Veracruz, Samba en Rio, Serenata…, Gary Cooper, Burt Lancaster, Mario Lanza…), vestidos y retratos de la diva. Mientras observo un fotograma de “Veracruz” alguien a mis espaldas me apunta que éste es museo dedicado a Sara, cuyo nombre en la vida real es María Antonia. Añade que, al terminar la guerra civil, Sara fue a vivir con su familia a nuestra vecina Orihuela. DonVicente Casanova, por aquellos tiempos famoso productor de cine, la oyó cantar en una procesión de Semana Santa de esta localidad alicantina, y aquél fue el detonante de una brillante carrera artística, de toda una aventura.
“Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla”.
Me alejo de Culebro y me encamino hacia El Infante, donde me encuentro con José Luis “el molinero” y Angel “el carpintero”, que me hablan de la vida en el pueblo y de cómo marcha el molino. 
 
En el silo, la planta baja, el molinero ataba la mula y acumulaba los sacos de trigo. Subiendo por la escalera de caracol está la camareta, donde se cernía la harina de trigo, se guardaban las telas de las aspas y los aperos de la molienda. En el piso superior el corazón del molino, el moledero, la maquinaria con las muelas; una piedra fija, la solera, y sobre ella la piedra volandera que es la que gira. En este piso observo doce ventanillos, con los que el molinero controlaba la dirección del viento, observando a veces con un catalejo cómo andaban orientadas las aspas de los molinos de pueblos vecinos. Doce ventanillos que corresponden cada uno a un viento: el solano (que sopla del este), el toledano, el moriscote, el cierzo (del noroeste), el matacabras (del noreste)…
Abro un ventanillo y diviso, más allá de Lagarto, un rebaño de ovejas pastando entre olivos.
Me comenta José Luis que, moviendo el palo de gobierno (el tronco que emerge de la cubierta del molino hasta el suelo y que cae en diagonal), se movía dicha cubierta junto con las aspas, para exponerlas a la fuerza del viento.
“Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo: pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo.”
Dejo atrás el cerro, concluyendo el capítulo VIII del Ingenioso Hidalgo, y bajo al pueblo, por calles empinadas y estrechas. Las casas bajas están enlucidas de blanco y sus zócalos de color añil (entre el azul y el violeta), y hay algunas cuevas que antaño pertenecieran a los molineros. Llaman a este barrio “el Albaicín Criptano” pues a finales del siglo XVI vienen a vivir aquí familias moriscas procedentes del Reino de Granada.
Camino del Ateneo, donde esa noche actúa el dúo Remembranzas (un duelo entre un antiguo órgano ibérico y un saxofón soprano), hago una foto a la fachada de una herrería, donde veo trabajando a Manuel. Después de una pequeña conversación mundana, me invita a su casa a tomar un vino del lugar y unas nueces.
Desde una de las ventanas del salón se divisa la llanura manchega, sus viñedos y olivares… Por un instante, me hace pensar que ésta es Tierra con una gran historia, Tierra que ama la música, Tierra de buena gente… unaTierra de Gigantes.

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